Run, Carrot, run.

runcarrotrun

Mr Carrot, you better run!

Mr Carrot Cake era un galán de los de antes, de los de chistera, frac, pañuelo en solapa y reloj de bolsillo. De los que no quedan. De los que te abrían la puerta. De los que te quitaban el abrigo como si fuera lo más frágil de este mundo.

De los que sabían llegar a las fiestas, pedir copas originales y bromear con el camarero como si fuera su mejor amigo.  De los que sabían apoyarse en la barra y cruzar los pies con elegancia desenfadada.

De los de mirada inteligente, escurridiza. De los de media sonrisa. De los que movían las cejas como Cary Grant. De los que al llamarte “pequeña” no te quedaba otra que pensar touché.

Pero como buen galán, andaba siempre con líos de faldas, mezclando perfumes franceses y carmines rojos. Había por doquier sedosas melenas rubias y largos rizos azabache con ganas de “echarle el guante”, en el sentido literal de la expresión.

Aún así, Mr Carrot se las arreglaba siempre para salir airoso de las míticas preguntas-reproche, consecuencia de apuradas coincidencias femeninas en fiestas de la alta societé. En lo que no tenía tanta práctica este simpático galán naranja era en escapar de esposos que volvían a casa con inesperada antelación.
En esta ocasión, tras acudir a una aburrida recepción de las de champagne y canapé, de tanto repetir champagne y canapé, acabó acompañando a casa a la joven y esbelta señorita que se contoneaba entre chisteras y tocados al ritmo de “champagne? … canapé?“. Y bueno, digamos que tanto la acompañó que se quedó dormido en su alcoba hasta que de repente … ¡escuchó la cerradura, abrió un ojo, miró a su derecha, se percató de dónde estaba, se levantó de un brinco, recogió sombrero y frac, se vistió al vuelo, buscó los zapatos, solo encontró uno, pensó que no había tiempo para buscar el otro, ale hop, y saltó disparado por la ventana justo a tiempo de escuchar aquéllo de: -cariño, ya estoy en casa!.

Y así fue como Mr Carrot desapareció calle abajo mientras un zapato sospechoso caía en picado de un primero, salvándose, como su dueño, de un destino incierto en manos de un marido que se fue borrego y volvió carnero.

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