El corazón, dicen, tiene forma de patata

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Esta es una historia de amor sin más protagonistas que la propia historia. No hay él, no hay ella. Solo una historia.
¿Acaso no nos enamoramos siempre de la historia?
Las historias de amor, dicen, tienen forma de patata. Porque patatas hay muchas, tantas como corazones.
Hay patatas grandes, patatas pequeñas, patatas para freir, patatas para cocer, patatas para asar y patatas para hacer puré. Patatas baby, patatas viejas, patatas podridas, patatas germinadas. Patatas sensibles a la luz, patatas rojas, patatas blancas, patatas harinosas y patatas … no harinosas. Patatas con denominación de origen, patatas salvajes, patatas bravas, papas arrugas y papas & the mamas.

No obstante, todo esto no es más que un mero postureo de patatas. En el fondo todas son iguales, como los corazones. Germinan, crecen, absorben, se ensanchan, se emocionan, lloran, se mojan, se secan, se encogen, se agotan, se conmueven, aman, odian, desprecian, estallan, revientan, se desintegran, resurgen de las cenizas, saltan, se ponen a 100, algunas incluso a 1000. Se enfrían, se encierran, exigen atención, construyen muros, los destruyen, se aislan, se esconden, se pierden, se encuentran, se niegan, se asustan, se arriesgan, tiemblan, apuestan, juegan, dudan, a veces aciertan, sin embargo … jamás se equivocan.

Esta patata es el origen de todas las historias de amor: ingeniería pura de marcapasos y válvulas de escape capaz de acumular, fluir y drenar amor. Para dosificarlo. Para que no estalle. Por si acaso.

Debería estar prohibido quererse tanto. O eso dicen.

Run, Carrot, run.

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Mr Carrot, you better run!

Mr Carrot Cake era un galán de los de antes, de los de chistera, frac, pañuelo en solapa y reloj de bolsillo. De los que no quedan. De los que te abrían la puerta. De los que te quitaban el abrigo como si fuera lo más frágil de este mundo.

De los que sabían llegar a las fiestas, pedir copas originales y bromear con el camarero como si fuera su mejor amigo.  De los que sabían apoyarse en la barra y cruzar los pies con elegancia desenfadada.

De los de mirada inteligente, escurridiza. De los de media sonrisa. De los que movían las cejas como Cary Grant. De los que al llamarte “pequeña” no te quedaba otra que pensar touché.

Pero como buen galán, andaba siempre con líos de faldas, mezclando perfumes franceses y carmines rojos. Había por doquier sedosas melenas rubias y largos rizos azabache con ganas de “echarle el guante”, en el sentido literal de la expresión.

Aún así, Mr Carrot se las arreglaba siempre para salir airoso de las míticas preguntas-reproche, consecuencia de apuradas coincidencias femeninas en fiestas de la alta societé. En lo que no tenía tanta práctica este simpático galán naranja era en escapar de esposos que volvían a casa con inesperada antelación.
En esta ocasión, tras acudir a una aburrida recepción de las de champagne y canapé, de tanto repetir champagne y canapé, acabó acompañando a casa a la joven y esbelta señorita que se contoneaba entre chisteras y tocados al ritmo de “champagne? … canapé?“. Y bueno, digamos que tanto la acompañó que se quedó dormido en su alcoba hasta que de repente … ¡escuchó la cerradura, abrió un ojo, miró a su derecha, se percató de dónde estaba, se levantó de un brinco, recogió sombrero y frac, se vistió al vuelo, buscó los zapatos, solo encontró uno, pensó que no había tiempo para buscar el otro, ale hop, y saltó disparado por la ventana justo a tiempo de escuchar aquéllo de: -cariño, ya estoy en casa!.

Y así fue como Mr Carrot desapareció calle abajo mientras un zapato sospechoso caía en picado de un primero, salvándose, como su dueño, de un destino incierto en manos de un marido que se fue borrego y volvió carnero.

Más tiesas que la mohama

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Ahora mismo las cosas son diferentes. Antes tomábamos el sol hasta quedarnos secas. Con esas cremas de zanahoria pegajosas que aseguraban un bronceado inmediato. Esas leches de coco y esos trucos de abuela como echarse Coca Cola o mezclar Betadine con aceite para niños.

Como nos gustaba embadurnarnos bien, con todo aquel despliegue de potingues de los que, por supuesto, no cabía la menor duda de que estaban clínicamente testados. Resultaba edificante untarte de aquellas texturas pegajosas color marrón, y tender al sol esa piel transparente, el primer día de verano, con la total garantía de que ibas a despertar de la siesta convertida en la princesa de ébano, alias Srta. Campbell.

Ven, esas cosas ahora mismo no ocurren. Ahora mismo el miedo está por todas partes, y con razón, claro. Ahora pedimos proteccion pantalla total jungla de cristal para evitar manchas, arrugas, pecas y arrubiamientos indeseados. Miramos de reojo a la de al lado, afinando la vista para cotillear el factor protección Y LA MARCA (señores), para así reafirmarnos a nostros mismos la acertada decisión que tomamos al comprar la crema con el nombre más francés y con el factor más alto que había en la farmacia.

El colmo de esta historia sucedió de nuevo, una vez más, en otra de las recientes visitas a nuestra querida Lanzarote. Allí descubrimos que existe otra dimensión en el mundo de las cremas protectoras, otro planeta en el que sus habitantes, por llamarles de alguna manera, se protejen con cremas que les convierten en modernos avatares humanos.

 

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Se desconoce todavía el por qué del color azul de dicha sustancia, pero hay hipótesis que apuntan a la posibilidad de que la crema provoque en quien se la aplica su reencarnación en un avatar de los de Cameron.

Otros locos apuestan por que el color azul de la crema haga que estos seres, de piel soberanamente pálida, puedan identificar en qué zonas no se ha distribuido bien la crema, y evitar así posibles mutaciones en gambas andantes del atlántico. Evidentemente, descartamos esta segundo opción por (i)lógica.

Atrás quedaron esos maravillosos años de lucha por un moreno inminente, cuando el sol era nuestro aliado en aquellos interminables mediodías de verano, tiradas en el suelo de nuestras azoteas de ladrillos naranja (¿alguien dijo playa?) hasta deshidratarnos como pimientos verdes … (fritos, claro).

En cualquier caso, este año, cuando vayan a la playa con sus  maletas de piel y sus bikinis de rayas, recuerden que “hay un lugar donde vale la pena ponerse azul“; así comienza la película de Los Pitufos.

De por qué mentimos

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Islas Canarias, Noviembre 2012. Gofio: tortitas típicas de la isla hechas con harina tostada que sirven de acompañamiento en segundos platos.

Situación: mientras leo el menú le pregunto curiosamente al camarero qué es el gofio. Tras su explicación clara y concisa me anima a que lo pruebe.

Al terminar la que se convirtió en una de las comidas más estresantes de mi vida…

– ¿Le ha gustado el gofio?
– Sí, sí, estaba muy bueno.

¡Dios! ¿pero por qué miento? No creo que el señor camarero caiga de rodillas al suelo levantando los puños en el aire y grite “por queeeé?!”. Seguramente le tiré de un pie, o se la repampinfle o se la traiga al pairo o simplemente no le importe que a mi, en concreto yo, este ser “humano”, con su nombre y sus apellidos, su pelo y sus orejas, no le haya gustado el gofio.

Entonces, no entiendo por qué demonios le acabo de mentir. Veamos.

Después de haber probado el gofio mi sentido del gusto, puramente gobernado por mis instintos más caníbales, le manda una señal o sms al cerebro diciéndole: – tío, esto no te gusta. Inmediatamente, mi cerebro, más refinado que un mayordomo inglés, no puede aceptar la anarquía y la poca clase de mis papilas gustativas. Así que envía una orden o fax de vuelta para que se pruebe de nuevo ya que seguramente haya habido algún error.
– Nada, terco como una mula – dicen por allí abajo. – Pues ala venga, dale otra vez al gofio -. Inevitablemente, se desencadena la misma reacción, es decir, no-me-gus-ta.

Inteligente como el solo, el cerebro insiste: – Ahá! Eso es porque lo has probado solo, sin acompañamiento. Seguro que sabe mejor maridado con otro componente del plato.
– Definitivamente, este tío es tonto – comentaban indignadas las papilas más revolucionarias. – Que yo paso de probar otra vez esto, tío, que no mola nada!

– He dicho que lo pruebes con un trozo de carne, obedece!
– Maldito estúpido autoritario de pacotilla, se cree que por vestir a la mona de seda…en fin.

Sin más remedio, allá va el tenedor a pinchar ambos trozos de comida juntos. Y entonces todo sucede a cámara lenta, la boca se abre, los ojos, ambos al borde del estrabismo, miran fijamente la punta del tenedor, la nariz coge aire, las manos dirigen el tenedor hacia la oscuridad infernal, la lengua se retrae asustada, las papilas en cuclillas se tapan los ojos, el cerebro cruza los dedos y …

…milésimas de segundo que parecen días…la respuesta es más plana que un encefalograma plano. Lo hemos perdido. No hay nada que hacer.

De repente el cerebro empieza a hiperventilar, Dios mío, ¿qué voy a hacer?¿qué voy a hacer?. Lo va a notar, lo va a notar (en estos casos siempre ayuda mucho repetir las paranoias mentales dos veces); heriré sus sentimientos, saldrá corriendo por el pasillo y se tirará por la ventana fijo, es decir, soy la peor comensal del mundo!

Con todo este bloqueo mental es imposible pensar con claridad.
Podría decirle que es un sabor nuevo y poco familiar para mi, o que tiene una textura granular que me ha sorprendido, o que aún no he identificado ese toque dulce característico…yo que sé! Cualquier cosa, pero no, después del estrés post-traumático, mi cerebro se pone automáticamente en modo avión y con gesto perezoso  y un cigarrillo a medias me mira y me dice: – ¿Y ahora quieres que piense en una manera original de decirle la verdad?. Chica, búscate la vida, miente como una bellaca y déjame en paz.

Homenaje al piropo

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Tiene que haber algo que haga que uno mire donde mira cuando mira.

Si no, no existirían los pensamientos impuros ni las proposiciones indecentes ni los piropos valientes. ¿Y pensar que la palabra piropo viene del griego pyropus (rojo fuego)? ¿Y pensar que luego vendrían los romanos y (cortos como eran – de palabras) llamarían piropos a los rubíes que luego regalarían a sus doncellas para conquistarlas, y que; aquéllos pobres, más pobres todavía si cabe, que sin tener pa comprar rubíes, solo les quedaría el poder de las palabras para llevárselas a la cama?;  ¿y pensar que así el piropo acabaría convirtiéndose en palabrería fina?

Existen pruebas fehacientes de que el primer piropo se echó allá por el año tal en un pueblo del Medio Oriente (más o menos por donde hoy cae Dubai). Por aquel entonces las yucas angoleñas (también conocidas como mandiocas) tuvieron que emigrar de su Angola natal para poder hacerse unos dineros en la ya entonces lujosa y prometida tierra. Cada día llegaban desde la otra parte del mundo miles y miles de estos tubérculos de clase obrera en busca de pan para sus familias. Como ha ocurrido en la mayoría de migraciones demográficas a lo largo de la historia, las yucas macho se dedicaban a la construcción, mientras que las yucas hembras se quedaban en casa preparando la comida y cuidando de la plebe. Así, las yucas macho se dirigían cada día a la obra con el bocadillo bajo el brazo, y a eso de las once, después de estar toda la mañana dándole a la pala, se sentaban en la acera a reponer energía. Era entonces cuando las mozas dubaitíes salían al mercado, a pasear y a hacer sus recados. Y era entonces cuando el contraste cultural hacía su mayor eco.

Ásperas, burdas y vulgares como eran las yucas, quedaban alucinadas ante el colorido, la jugosidad y el atrevimiento de las pitahayas (gentilicio para las habitantes del Dubai de entonces). También conocidas como frutas del dragón, las pitahayas se paseaban con movimientos curvílineos capaces de corromper a la yuca más fiel. Toda una revolución era ver a las yucas ponerse palote con tanta fruta fresca.

– ¡Señora, vaya usted con Dios, y yo con su hija! – gritaban los más atrevidos a sabiendas de que no iban a entender ni papa. – ¡No hay arroz para tanta paella! – halagaban otros. Y fue así, con la seguridad de que no iban a ser entendidos, como surgió el primer piropo, con la garantía de poder pedir favores de alcoba sin miedo a sufrir en las propias carnes auténticos palazos de escoba.

Ay, si los antiguos filósofos griegos levantaran la cabeza (y si los modernos pudieran también) y vieran la evolución de su bonita palabra para designar el rojo piropo…Dirían algo así como:

– Cuánta corrupción etimológica!, no te parece Papadopulos.
– Cierto Arístides, ¿es que acaso todo el mundo se corrompe?
– No conozco a todo el mundo. Pero vaya par se ha puesto la Afrodita, no?, fi fiiiiiiuuuu.

Afortunadamente, hay cosas que nunca cambian. Desde la motocicleta del cartero, nuestro homenaje al piropo.

Él, Ella y la EggsGAE: con un par de huevos

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Él; italiano, encantador, embaucador, berenjena y actor.

Ella; guapa, extremeña, plebeya, c(r)oqueta y fan fatal.

La historia sin sentido de un película sin sonido.

Chicago, 1929, el negocio del contrabando de alcohol sigue haciendo rico a Al Capone, y Kevin Costner aún no se había presentado al casting para interpretar a Eliot Ness (entre otras porque no había nacido). Los intocables eran otros: los intrépidos miembros de la EggsGAE.

Para que os hagáis una idea, los de la Stasi en el Berlin de los 50 eran unos papanatas comparados con los agentes de la EggsGAE, esos sí tenían un par de huevos (ya sabéis, cualquier tiempo pasado siempre fue mejor). Su misión era la de funcionar como un implacable servicio secreto tanto dentro como fuera de los supermercados locales. Con más de doscientas docenas de espías y otros tantos informadores, la EggsGAE se encargaba de vigilar cada uno de los alimentos sospechosos de no simpatizar con el régimen (también conocido como dieta).

Por aquel entonces, ser fruta o verdura estaba muy cotizado. En cambio, ser croqueta o bollo (sobretodo si eras mujer) podía suponer persecución y tortura hasta la sepultura. Pero como siempre, el hambre agudiza el ingenio, y las técnicas de camuflaje desarrolladas durante la época supusieron muchos quebraderos de cabeza para la EggsGAE. Que si bollos de mantequilla haciéndose pasar por berenjenas, que si croquetas encubriéndose con piel de pera; incluso a veces los auténticos vegetales tenían que pasar por el mal trago de ser encerrados y torturados hasta confesar, cuando en realidad ¡eran variedades auténticas!

Así que no pasó mucho tiempo hasta que las cosas empezaron a complicarse para los espías huevones…

El 16 de mayo de 1929 en Los Angeles (California), se entregaban por primera vez en el Salón Blossom del Hollywood Roosevelt Hotel unas estatuillas en forma de hombre desnudo con una espada que aguarda de pie sobre un rollo de película con cinco radios. Era la 1ª edición de los premios de la Academia de Cine, pero la ceremonia transcurrió sin mucho glamour porque ya se sabía el nombre de los ganadores desde Febrero (así de sosos eran los vegetales), con lo que no hubo ni alfombra roja, ni posados falsos, ni vestidos alquilados, ni cotilleos gratis. Vamos, un banquete de lo más “nini”. Evidentemente, a estas celebraciones solo podían acudir frutas y verduras de mucho caché; el resto se limitaba simplemente a soñar. Y aquí es donde entra en escena nuestra protagonista: Ella.

Ella estaba locamente enamorada de Él. Perdidamente. Soñaba con olerle, tocarle, pelarle, freírle, rebozarle e incluso asarle! (desvergonzada). Era su ídolo, había visto todas sus películas y se sabía todos los diálogos. Al enterarse de que Él había salido nominado como mejor actor, se armó de coraje y puso todo su empeño en inventar el mejor disfraz de camuflaje. Desoyendo los consejos de su familia, trabajó día y noche hasta conseguir metros y metros de piel de pera. Tenía un plan: se rebozaría a sí misma con loctite, y luego extendería la piel de pera sobre la pendiente de una colina e iría rodando colina abajo hasta que quedara bien pegadita y sin arrugas.

Llegó el gran día y allá que fue Ella, con su vestido que era la pera, a conquistarlo a Él. Sabía que solo disponía de unos pocos segundos para que Él se fijara en Ella, pues se imaginaba que aquella ceremonia estaría llena de peras impresionantes, algunas naturales, la mayoría operadas, pero confiaba plenamente en su encanto y ¡qué demonios! al fin y al cabo el cine es una fábrica de sueños y soñar es gratis. Así que cuando Él estaba a punto de subirse a su limusina, con su smoking y su Óscar, Ella saltó el cordón policial con la inocente intención de pedirle un autógrafo.

Ante tal desfachatez, los de la EggsGAE, que vigilaban desde un piso franco, saltaron por la ventana preparados para el placaje cuando de repente el alcachófer de la limousina, ajeno a las intenciones de Ella, comenzó a gritar despavorido: – Alto! No disparen! Solo quería ver la pierna de Angelina!.
Y con tanta agitación, poco a poco, su piel de alcachofa se fue despegando escama a escama delatando lo que en realidad era: un pintxito de tortilla aceitoso y grasiento (qué pobre).

Con todo el revuelo, Él y Ella se refugiaron en una esquina, y Él con lágrimas en los ojos confesó:
“Aunque sea berenjena y esté rellena,
solo una cosa deseo, querida pera:
que TODOS comamos lo que más amamos
y que para siempre así sea”.

Amén.

Y con un bocao se comió entera
a la croqueta cubierta de pera.

PS: Gracias a los dos fans que nos enviaron estas frutas desde tan lejos. Va por vosotros!

El 20N … ¿volverán las azules golondrinas?

Ay, pero qué razón tenía Gustavo Adolfo…

¿Volverán las azules golondrinas
en tu balcón sus votos a colgar,
y, otra vez, con la pela en sus bolsillos jugando ganarán?

Y seguía así:

Pero aquéllas que los tomates defendían
con hermosura y dicha al rubalcar,

aquéllas que perdieron tantos votos…
ésas… ¿no volverán?

(Nota del autor: Los interrogantes de este poema podrían mantenerse solo hasta la medianoche del domingo)

Tomates y PPeras

Esta entrada se le dedicamos a nuestro amigo Andrés,
que nos trajo estas peratomates all the way from Seattle.