Calendario 2013

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Calendario frutodetuimaginacion 2013

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Más tiesas que la mohama

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Ahora mismo las cosas son diferentes. Antes tomábamos el sol hasta quedarnos secas. Con esas cremas de zanahoria pegajosas que aseguraban un bronceado inmediato. Esas leches de coco y esos trucos de abuela como echarse Coca Cola o mezclar Betadine con aceite para niños.

Como nos gustaba embadurnarnos bien, con todo aquel despliegue de potingues de los que, por supuesto, no cabía la menor duda de que estaban clínicamente testados. Resultaba edificante untarte de aquellas texturas pegajosas color marrón, y tender al sol esa piel transparente, el primer día de verano, con la total garantía de que ibas a despertar de la siesta convertida en la princesa de ébano, alias Srta. Campbell.

Ven, esas cosas ahora mismo no ocurren. Ahora mismo el miedo está por todas partes, y con razón, claro. Ahora pedimos proteccion pantalla total jungla de cristal para evitar manchas, arrugas, pecas y arrubiamientos indeseados. Miramos de reojo a la de al lado, afinando la vista para cotillear el factor protección Y LA MARCA (señores), para así reafirmarnos a nostros mismos la acertada decisión que tomamos al comprar la crema con el nombre más francés y con el factor más alto que había en la farmacia.

El colmo de esta historia sucedió de nuevo, una vez más, en otra de las recientes visitas a nuestra querida Lanzarote. Allí descubrimos que existe otra dimensión en el mundo de las cremas protectoras, otro planeta en el que sus habitantes, por llamarles de alguna manera, se protejen con cremas que les convierten en modernos avatares humanos.

 

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Se desconoce todavía el por qué del color azul de dicha sustancia, pero hay hipótesis que apuntan a la posibilidad de que la crema provoque en quien se la aplica su reencarnación en un avatar de los de Cameron.

Otros locos apuestan por que el color azul de la crema haga que estos seres, de piel soberanamente pálida, puedan identificar en qué zonas no se ha distribuido bien la crema, y evitar así posibles mutaciones en gambas andantes del atlántico. Evidentemente, descartamos esta segundo opción por (i)lógica.

Atrás quedaron esos maravillosos años de lucha por un moreno inminente, cuando el sol era nuestro aliado en aquellos interminables mediodías de verano, tiradas en el suelo de nuestras azoteas de ladrillos naranja (¿alguien dijo playa?) hasta deshidratarnos como pimientos verdes … (fritos, claro).

En cualquier caso, este año, cuando vayan a la playa con sus  maletas de piel y sus bikinis de rayas, recuerden que “hay un lugar donde vale la pena ponerse azul“; así comienza la película de Los Pitufos.

De por qué mentimos

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Islas Canarias, Noviembre 2012. Gofio: tortitas típicas de la isla hechas con harina tostada que sirven de acompañamiento en segundos platos.

Situación: mientras leo el menú le pregunto curiosamente al camarero qué es el gofio. Tras su explicación clara y concisa me anima a que lo pruebe.

Al terminar la que se convirtió en una de las comidas más estresantes de mi vida…

– ¿Le ha gustado el gofio?
– Sí, sí, estaba muy bueno.

¡Dios! ¿pero por qué miento? No creo que el señor camarero caiga de rodillas al suelo levantando los puños en el aire y grite “por queeeé?!”. Seguramente le tiré de un pie, o se la repampinfle o se la traiga al pairo o simplemente no le importe que a mi, en concreto yo, este ser “humano”, con su nombre y sus apellidos, su pelo y sus orejas, no le haya gustado el gofio.

Entonces, no entiendo por qué demonios le acabo de mentir. Veamos.

Después de haber probado el gofio mi sentido del gusto, puramente gobernado por mis instintos más caníbales, le manda una señal o sms al cerebro diciéndole: – tío, esto no te gusta. Inmediatamente, mi cerebro, más refinado que un mayordomo inglés, no puede aceptar la anarquía y la poca clase de mis papilas gustativas. Así que envía una orden o fax de vuelta para que se pruebe de nuevo ya que seguramente haya habido algún error.
– Nada, terco como una mula – dicen por allí abajo. – Pues ala venga, dale otra vez al gofio -. Inevitablemente, se desencadena la misma reacción, es decir, no-me-gus-ta.

Inteligente como el solo, el cerebro insiste: – Ahá! Eso es porque lo has probado solo, sin acompañamiento. Seguro que sabe mejor maridado con otro componente del plato.
– Definitivamente, este tío es tonto – comentaban indignadas las papilas más revolucionarias. – Que yo paso de probar otra vez esto, tío, que no mola nada!

– He dicho que lo pruebes con un trozo de carne, obedece!
– Maldito estúpido autoritario de pacotilla, se cree que por vestir a la mona de seda…en fin.

Sin más remedio, allá va el tenedor a pinchar ambos trozos de comida juntos. Y entonces todo sucede a cámara lenta, la boca se abre, los ojos, ambos al borde del estrabismo, miran fijamente la punta del tenedor, la nariz coge aire, las manos dirigen el tenedor hacia la oscuridad infernal, la lengua se retrae asustada, las papilas en cuclillas se tapan los ojos, el cerebro cruza los dedos y …

…milésimas de segundo que parecen días…la respuesta es más plana que un encefalograma plano. Lo hemos perdido. No hay nada que hacer.

De repente el cerebro empieza a hiperventilar, Dios mío, ¿qué voy a hacer?¿qué voy a hacer?. Lo va a notar, lo va a notar (en estos casos siempre ayuda mucho repetir las paranoias mentales dos veces); heriré sus sentimientos, saldrá corriendo por el pasillo y se tirará por la ventana fijo, es decir, soy la peor comensal del mundo!

Con todo este bloqueo mental es imposible pensar con claridad.
Podría decirle que es un sabor nuevo y poco familiar para mi, o que tiene una textura granular que me ha sorprendido, o que aún no he identificado ese toque dulce característico…yo que sé! Cualquier cosa, pero no, después del estrés post-traumático, mi cerebro se pone automáticamente en modo avión y con gesto perezoso  y un cigarrillo a medias me mira y me dice: – ¿Y ahora quieres que piense en una manera original de decirle la verdad?. Chica, búscate la vida, miente como una bellaca y déjame en paz.

Otro melocotonazo más, no por favor.

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En un backstage cualquiera, minutos antes de un concierto cualquiera…

-Venga tío, tienes que salir ya!
– No puedo.

– ¿Se puede saber qué coño te pasa?
– ¿Que qué me pasa? Pues pasa que estoy harto de que la gente solo quiera escuchar “melocotonazos”. Mírame, estoy viejo y arrugado y he perdido un ojo por culpa de uno de esos melocotonazos. Basta, se acabó. Solo quiero cantar mis canciones, es la única forma que tengo de expresar lo que siento. Quiero salir ahí y mostrarles quién soy realmente, aunque me quede solo en el escenario. Tengo derecho a elegir, ¿no? … He perdido la motivación. Nada tiene sentido. Recuerdo que antes el mundo se paraba mientras subía las escaleras del escenario, mis pasos acelaraban mi corazón al dejar atrás las bambalinas y un silencio ensordecedor se ponía a mis pies segundos antes de abrir la boca ante el micrófono.

– Conmovedor. Y ahora, ¿quieres hacer el favor de mover el culo y salir ahí afuera?!!

– Lo siento pero no puedo. No hay nada que me pueda hacer salir.

– Mira, me parece que el que no lo entiendes eres tú. ¿Te crees que eres el único que quiere “expresar lo que siente”, el único que tiene “algo que decir“, el único que tiene “derecho a elegir“? Toda esa gente está ahí fuera porque TÚ expresas lo que ellos sienten y porque TÚ haces que ellos tengan algo que decir. Y así lo han elegido ellos. Si tú no sales, se quedan sin voz, sin elección y lo peor de todo … nos pedirán el dinero de la entrada (ejem).

– Joder, tú si que sabes como animar a un amigo. ¿El dinero de la entrada? Eso es lo único que te importa. Me miras y solo ves dinero. Papel, tío, no soy más que puto papel para ti. ¿Recuerdas cuando solo éramos teloneros de bandas de pueblo? Entonces vivíamos como los Héroes de Loriga, “enganchados a la cadena de hierro y azúcar del rock and roll”. Ahora no hacemos más que componer melocotonazos, temas que con solo escuchar dos notas sabemos que van a convertirse en grandes éxitos. No quiero más melocotonazos, no, por favor.

– Escucha niñato, ¿has pensado alguna vez qué hace que un melocotonazo sea un melocotonazo? No, ¿verdad?. Verás, los grandes éxitos no se crearon para ser grandes éxitos. El público, la gente, hizo que fueran grandes éxitos. Y ¿por qué?  Porque generaron en ellos momentos de inadvertida felicidad. Felicidad que no esperaban y que de repente tienen en sus manos para poder recurrir a ella cuando lo necesitan. Les estás facilitando sus sonrisas, ¿qué mas da de dónde vengan, si de un temazo o de un trozo de tarta? ¿Acaso hay algo más importante que decirle al mundo que estás ahí para ellos?

Ambos se quedaron mirando durante un instante. John Boy se enfundó las botas, cogió su guitarra y salió a escena como si no hubiera mañana. Pero después de aquel concierto, no hubo más melocotonazos.

Cuentan los secretos de camerino que John lo dejó todo para dedicarse a otros negocios más oscuros. Dicen que una mala influencia de aquella época le introdujo en el cultivo ilegal de melocotones. Al parecer, el contrabando de melocotones dopados no le causaba tanta duda existencial como cultivar auténticos melocotonazos.

Pero ¡qué importa!. Los fans seguiremos pidiendo al pinchadiscos los temazos de nuestra vida aunque su creador sea el delincuente más buscado del planeta. Que los grandes éxitos os acompañen siempre!

Y los melocotonazos también.

¿el único fruto del amor?

Es la banana. Sí.

O al menos eso dicen. O bueno, al menos, así empezó todo, con una banana en una maceta.
Una banana que fue hecha a imagen y semejanza de la de su creador.

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La gente habla de frutas prohibidas, de manzanas pecaminosas, de tentaciones…Por favor, ¿una manzana? ¡Venga ya! Todos sabemos que la única tentación que tuvo Eva en el paraíso fue una banana. ¡Pero qué digo paraíso! … Evita encontró su primera banana en una maceta de su huerta.

Como ocurre siempre con la versión de los hechos, de lo que Eva le dijo a Adán a lo que ha llegado a nuestros días no podemos fiarnos ni de los signos de puntuación.

Por aquel entonces os podéis imaginar lo felices que andaban estos dos mozos paseándose a sus anchas por toda la redondez de la Tierra; sin tener que hacer colas en los aeropuertos, ni en los supermercados ni en la peluquería ni en el banco ni en … simplemente no había nadie más. Pero, para variar, Eva se aburrió pronto de tanto mundo y tanta leche, no sabía muy bien qué le pasaba exactamente pero le faltaba algo, un no se qué que llevarse a no se dónde. Digamos que ya no era tan feliz como antes. Por supuesto, Adán no se enteraba de la misa la mitad y seguía tan feliz cazando y jugando a las canicas.

Un día mientras Eva estaba absorta regando las hojas de parra de su jardín del Edén, descubrió un objeto extraño que se escondía entre la maleza. Era alargado, firme, suave y … amarillo.

Para su sorpresa el objeto no había nacido del suelo sino que se había caído del árbol que daba sombra a la maceta. A estas alturas ya os habréis dado cuenta de que Eva acababa de presenciar el nacimiento del primer plátano de la historia. Asombrada quedó con aquél objeto curvílineo que le sirvió de entretenimiento cuando tan aburrida estaba ya del mundo.
Al cabo de unas horas Adán volvió de cazar, y Eva llegó corriendo a su encuentro. Al ver a Eva tan excitada (en el sentido de emocionada, alterada, ilusionada…por aquel entonces no existía otra acepción del término “excitada“) Adán no podía creerlo, aquel fruto extraño le era tan familiar que tardó cero coma (0,…) en emocionarse como un niño (aunque aun no existían los niños todavía) y descubrirle a Eva que él… tenía uno igual!

Nueve meses después, Adán y Eva dejaron de estar solos en el mundo, y también dejaron de dormir por las noches, de ir al cine, de salir de fiesta y de aburrirse. A cambio, fruto de su amor por los plátanos (y frutodetuimaginación) estás hoy leyendo esto. Qué cosas tiene la vida, a partir de ahora os lo pensaréis dos veces antes de comeros un plátano cuando estéis aburridos, por lo que pueda pasar.
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Epílogo: Milenios después Dios nos confesó que fue Él mismo quien puso el plátano en la maceta ya que, visto lo es-pa-bi-la-di-tos que eran Adán y Eva, a estas alturas seguiríamos todavía jugando a las canicas con taparrabos (y digo yo…¿pero qué prisas tenía este tal Dios?).

Homenaje al piropo

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Tiene que haber algo que haga que uno mire donde mira cuando mira.

Si no, no existirían los pensamientos impuros ni las proposiciones indecentes ni los piropos valientes. ¿Y pensar que la palabra piropo viene del griego pyropus (rojo fuego)? ¿Y pensar que luego vendrían los romanos y (cortos como eran – de palabras) llamarían piropos a los rubíes que luego regalarían a sus doncellas para conquistarlas, y que; aquéllos pobres, más pobres todavía si cabe, que sin tener pa comprar rubíes, solo les quedaría el poder de las palabras para llevárselas a la cama?;  ¿y pensar que así el piropo acabaría convirtiéndose en palabrería fina?

Existen pruebas fehacientes de que el primer piropo se echó allá por el año tal en un pueblo del Medio Oriente (más o menos por donde hoy cae Dubai). Por aquel entonces las yucas angoleñas (también conocidas como mandiocas) tuvieron que emigrar de su Angola natal para poder hacerse unos dineros en la ya entonces lujosa y prometida tierra. Cada día llegaban desde la otra parte del mundo miles y miles de estos tubérculos de clase obrera en busca de pan para sus familias. Como ha ocurrido en la mayoría de migraciones demográficas a lo largo de la historia, las yucas macho se dedicaban a la construcción, mientras que las yucas hembras se quedaban en casa preparando la comida y cuidando de la plebe. Así, las yucas macho se dirigían cada día a la obra con el bocadillo bajo el brazo, y a eso de las once, después de estar toda la mañana dándole a la pala, se sentaban en la acera a reponer energía. Era entonces cuando las mozas dubaitíes salían al mercado, a pasear y a hacer sus recados. Y era entonces cuando el contraste cultural hacía su mayor eco.

Ásperas, burdas y vulgares como eran las yucas, quedaban alucinadas ante el colorido, la jugosidad y el atrevimiento de las pitahayas (gentilicio para las habitantes del Dubai de entonces). También conocidas como frutas del dragón, las pitahayas se paseaban con movimientos curvílineos capaces de corromper a la yuca más fiel. Toda una revolución era ver a las yucas ponerse palote con tanta fruta fresca.

– ¡Señora, vaya usted con Dios, y yo con su hija! – gritaban los más atrevidos a sabiendas de que no iban a entender ni papa. – ¡No hay arroz para tanta paella! – halagaban otros. Y fue así, con la seguridad de que no iban a ser entendidos, como surgió el primer piropo, con la garantía de poder pedir favores de alcoba sin miedo a sufrir en las propias carnes auténticos palazos de escoba.

Ay, si los antiguos filósofos griegos levantaran la cabeza (y si los modernos pudieran también) y vieran la evolución de su bonita palabra para designar el rojo piropo…Dirían algo así como:

– Cuánta corrupción etimológica!, no te parece Papadopulos.
– Cierto Arístides, ¿es que acaso todo el mundo se corrompe?
– No conozco a todo el mundo. Pero vaya par se ha puesto la Afrodita, no?, fi fiiiiiiuuuu.

Afortunadamente, hay cosas que nunca cambian. Desde la motocicleta del cartero, nuestro homenaje al piropo.

Yesterday no es solo de John LeMon. También es EnCrudo.

Ayer dimos la cara en el primer aniversario de EnCrudo. El fanzine gastronómico más canalla, underground, anárquico y radical de la historia mundial.

Yanet Acosta y Jacobo Gavira hicieron alarde de aquéllo de … “Que aproveche”.

Todo un honor para frutodetuimaginación materializarse en papel y tinta. Y, sobretodo, compartir páginas con auténticos cracks.

La verdadera historia de The Bitters en EnCrudo num 3. El que quiera leerla, ya sabe lo que tiene que hacer.

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