Otro melocotonazo más, no por favor.

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En un backstage cualquiera, minutos antes de un concierto cualquiera…

-Venga tío, tienes que salir ya!
– No puedo.

– ¿Se puede saber qué coño te pasa?
– ¿Que qué me pasa? Pues pasa que estoy harto de que la gente solo quiera escuchar “melocotonazos”. Mírame, estoy viejo y arrugado y he perdido un ojo por culpa de uno de esos melocotonazos. Basta, se acabó. Solo quiero cantar mis canciones, es la única forma que tengo de expresar lo que siento. Quiero salir ahí y mostrarles quién soy realmente, aunque me quede solo en el escenario. Tengo derecho a elegir, ¿no? … He perdido la motivación. Nada tiene sentido. Recuerdo que antes el mundo se paraba mientras subía las escaleras del escenario, mis pasos acelaraban mi corazón al dejar atrás las bambalinas y un silencio ensordecedor se ponía a mis pies segundos antes de abrir la boca ante el micrófono.

– Conmovedor. Y ahora, ¿quieres hacer el favor de mover el culo y salir ahí afuera?!!

– Lo siento pero no puedo. No hay nada que me pueda hacer salir.

– Mira, me parece que el que no lo entiendes eres tú. ¿Te crees que eres el único que quiere “expresar lo que siente”, el único que tiene “algo que decir“, el único que tiene “derecho a elegir“? Toda esa gente está ahí fuera porque TÚ expresas lo que ellos sienten y porque TÚ haces que ellos tengan algo que decir. Y así lo han elegido ellos. Si tú no sales, se quedan sin voz, sin elección y lo peor de todo … nos pedirán el dinero de la entrada (ejem).

– Joder, tú si que sabes como animar a un amigo. ¿El dinero de la entrada? Eso es lo único que te importa. Me miras y solo ves dinero. Papel, tío, no soy más que puto papel para ti. ¿Recuerdas cuando solo éramos teloneros de bandas de pueblo? Entonces vivíamos como los Héroes de Loriga, “enganchados a la cadena de hierro y azúcar del rock and roll”. Ahora no hacemos más que componer melocotonazos, temas que con solo escuchar dos notas sabemos que van a convertirse en grandes éxitos. No quiero más melocotonazos, no, por favor.

– Escucha niñato, ¿has pensado alguna vez qué hace que un melocotonazo sea un melocotonazo? No, ¿verdad?. Verás, los grandes éxitos no se crearon para ser grandes éxitos. El público, la gente, hizo que fueran grandes éxitos. Y ¿por qué?  Porque generaron en ellos momentos de inadvertida felicidad. Felicidad que no esperaban y que de repente tienen en sus manos para poder recurrir a ella cuando lo necesitan. Les estás facilitando sus sonrisas, ¿qué mas da de dónde vengan, si de un temazo o de un trozo de tarta? ¿Acaso hay algo más importante que decirle al mundo que estás ahí para ellos?

Ambos se quedaron mirando durante un instante. John Boy se enfundó las botas, cogió su guitarra y salió a escena como si no hubiera mañana. Pero después de aquel concierto, no hubo más melocotonazos.

Cuentan los secretos de camerino que John lo dejó todo para dedicarse a otros negocios más oscuros. Dicen que una mala influencia de aquella época le introdujo en el cultivo ilegal de melocotones. Al parecer, el contrabando de melocotones dopados no le causaba tanta duda existencial como cultivar auténticos melocotonazos.

Pero ¡qué importa!. Los fans seguiremos pidiendo al pinchadiscos los temazos de nuestra vida aunque su creador sea el delincuente más buscado del planeta. Que los grandes éxitos os acompañen siempre!

Y los melocotonazos también.

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